Mostrando entradas con la etiqueta Europa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Europa. Mostrar todas las entradas

domingo, 31 de agosto de 2014

¿Dónde estás?


Esta mañana mi imaginación quería salir de viaje y lo hizo, como ella puede hacerlo, recordando antiguos paseos. Estaba un tanto dispersa en principio y se iba de un lugar a otro sin detenerse mucho en ninguno.
Instalada en un hotel barato pero céntrico, cada mañana, con el café, ante mis ojos se mostraba el ‘pastelito’ diseñado por Giuseppe Saconi en memoria de Vittorio Emanuele II, tan enorme, tan resplandeciente, tan imposible de eludir a pesar de la gran vitalidad de la plaza.

A pocos pasos de allí, la famosa Piazza di Spagna, con su fuente, sus escaleras, muy lejana la visión de la que nos enseñó Willyam Wyler ni aunque fueras por allí a las tres de la madrugada y cuyo aspecto, siempre atiborrado de turistas sentados en las escaleras, invitaba a salir corriendo hacia otra parte.

Caminar de plaza en plaza hasta que los pies pedían descanso, normalmente en alguna otra, bien afamada ella, como la de Campo de’ Fiori donde tampoco podías encontrar los retratos de Mario Bonnard, ni a la gran Anna Magnani como en la película que lleva su título, pero donde se alzaba, imponente, la estatua de Giordano Bruno, quemado allí, en la hoguera, por pensar y decir lo que pensaba.

Y, como en todas las plazas, la gente, los turistas, los visitantes, los pintores de calle. Los vecinos asomándose a las ventanas para entretenerse con el paisanaje.


Alguna vez, en el callejeo, escuchas músicas de otros lugares, sonidos diferentes a los que suenan en los restaurantes para amenizar la velada del turista, los músicos parecen esconderse, son músicos rumanos que intentan sobrevivir como pueden.


Al atardecer, pasear a orillas del Tíber, atravesarlo por cualquiera de sus hermosos puentes y buscar en ese barrio del Oeste, el Trastévere, algún lugar para cenar, también bien llenito de gente pero en el que aún puedes encontrar algún que otro rincón solitario.


Cambiar la vista de piedras y más piedras, cargadas de historia, pero piedras, por una pintada (que no la hice yo, pero me habría gustado hacer). Por vehículos que parecen traídos de años atrás y a los que escuchas decir: yo también quiero una foto.
La pedían tan bien pedida, que casi me traje de aquel paseo más fotos de vehículos que de piedras e iglesias. Con motor o a pedales, de antes...

o de ahora y es que, moverse por Roma ha de ser muy difícil si eres romano.

copyright©gloriainfinita

viernes, 9 de julio de 2010

Saramago: esa dulce mirada portuguesa

Su nombre me llegó en la primavera de 1974, “O 25 de Abril”. Era entonces sólo un nombre:José Saramago que, sin aparecer en los libros de literatura, se empezó a escuchar en el aula de sexto de bachillerato del nocturno y en las reuniones clandestinas del sindicato en la fábrica de mis mañanas. Vino con la música de “Grândola, Vila Morena”, con José Afonso y un puñado de nombres más.


Y la mirada se desvió desde otra primavera, la del París del 68, de la que me hablaban los mayores hasta esta, la primavera vecina, la de la hermana Portugal, trayendo consigo nuevos paisajes de la mano de aquella ilusión, tímida, que te contagiaban, desde tan cerca, los que habían puesto punto final a la larga dictadura salazarista en una revolución en la que, dicen, se contaron cuatro muertos.

Y con él llegaron Lisboa, Porto, Coimbra, Evora, Obidos, Sintra y tantos lugares hermosos, ya fueran de mar, de montes, de plazas o de cantinas.


Aunque con el correr de los años mis ideas tomaron otros senderos, que no siempre han coincidido con las manifestaciones públicas de Saramago (al fin y al cabo, tampoco he estado siempre de acuerdo con las propias), ese portugués de mirada suave, de voz pausada, ese hombre sabio de muchas sabidurías, humilde y tierno, tiene un lugar en mi corazón y le pone nombre a muchas miradas de hombres portugueses, las miradas de hombres más dulces y limpias con las que se encontró la mía.


Memorial del convento, Levantado del suelo, La balsa de piedra, El hombre duplicado, La caverna, Todos los nombres o Viaje a Portugal... son algunos de los hijos de Don José con los que compartí mis viajes por su hermosísimo país.
Su forma de narrar, de exponer, de enseñarnos su alma, de hacer conversar a sus personajes, todo seguido, sin guiones, su sabiduría plasmada en cada párrafo, hizo que sus libros fueran siempre “libros para días de fiesta”, pasillos por los caminar despacio, saboreando los momentos, parando, reflexionando, hilando…


Hoy se me fue la vista hacia un párrafo (de La caverna) en el que Marta conversa con su padre, Cipriano Algor, de corrido, como a Saramago le gusta hacer hablar a sus personajes:
“…No hable de la muerte, padre. Mientras estamos vivos es cuando podemos hablar de la muerte, no después. Cipriano Algor se sirvió un poco más de vino…”
Saramago nos habló de la muerte y mucho, no solamente en “Las intermitencias de la muerte”… “son las sorpresas que la muerte le da a la vida” no se cumplió en su caso y la muerte le vino sin sorpresa, despacio, mirándole serena y dulce, como me parece que solamente puede mirar una muerte portuguesa.


Siempre cerca, siempre maestro, siempre amigo, hasta que la muerte venga hasta aquí, a darme una sorpresa o, quizás también, a mirarme dulcemente, con el preciado legado que son sus libros y su vida honesta acompañándome en el camino.

Más miradas en los enlaces a continuación:

El que calla, muere y dice, de Lisi Prada
Saramago el humano, el escritor, de Trasindependiente
Saramago, blogger de Blas F. Tomé
Saramago creía en Obama, de Jaime García
La Iberia de Saramago, de Encarna Hernández
Saramago de Fernando María
Saramago i la ciutadania lúcida. de Enric Senabre
Saramago, maestro de la literatura, de Cástor Olcoz
Saramago y la Unión Ibérica, de Emilio Fuentes
Saramago: compromiso y Literatura, de Carmen Guarddón
'Pilar?, de Fernando Solera
A Saramago, Psiquiatra de familia
Saramago y el derecho a la rebelión, de Merhum
José Saramago como Blogger de ciudadanomorante.eu
La traducción de Europa según Saramago, de Alejandro Palomino
Saramago, de Arco
Obrigado Saramago de Pilar
Mi padre y José Saramago de Bernardo Ramos
José Saramago y sus libros: el viaje del elefante de Justindelba
Azinhaga, el Pueblo de Saramago, de Paco Nadal
La insoportable soledad, de Modesto Vega

copyright©gloriainfinita

lunes, 11 de enero de 2010

Multiplicar


Cero por cero es igual a cero, así se manifiesta la vida algunas veces, como si todo lo vivido fuera un cero que será lo que multiplicado por el hueco que reste nos dará el resultado final. Todo cero, casi cero, menos.... todo un cero.

Pero (siempre aquí, la esperanza, buena compañera) por los puntos suspensivos, por el casi, por el menos, que surgen sin buscarlos, no parece ser un cero absoluto, parece más bien un cero relativo.
 

Algunas veces, el cero, se esfuma de nuestra vista, de nuestra vida, como si se marchara de vacaciones y luego, un día cualquiera, por sorpresa, se nos vuelve a mostrar, cambiado, distinto, disfrazado. Y, entonces, nos creemos que el cero regresa convertido en “el otro”, el imposible de entender: el infinito, el ocho tumbado, que es algo así como dos ceros, pero unidos y decididos a echarse una siesta.
Y si, además, el lugar escogido para la siesta es el jardín botánico de Cerdeña, mañana te parecerá que el cero es mucho menos absoluto de lo que fue ayer.

∞

jueves, 28 de mayo de 2009

Cerdeña








Yo lo titularía “el viaje aturullado” y ni idea tengo de si esa palabra existe. Tan aturullado que, cuando me preguntan donde he estado, muchas veces contesto que en Córcega.


Aventurera audaz, como el barquito de papel al que cantaba Serrat, ácrata por creencia (y las creencias no se discuten) me metí en el tinglado de hacer este corto viaje con una teniente del ejército español (señor que loca, yo), por ver, por probar, quizás también porque en mi vida últimamente los disparates andan escasos y éso me produce un vacío vital insoportable.


Y allá que nos vamos, deprisa, corriendo, foto aquí y foto allá (maquíllame, maquíllame).


A la mitad del primer día yo tenía la impresión de estar en unas maniobras del ejército en vez de en un viaje de placer y punto.


Menos mal que tengo un olfato especial para la juerga y pronto descubrimos el sitio ideal para las risas, cada noche en el restaurante de Vinchencho (al ladito de la plaza de la Santa Croce) estaba asegurada la cena especial y la comedia. Cantábamos, Vinchencho y servidora, el “azurro, il pomerigio …” y el local se llenaba de gente.


No se puede una morir sin probar sus espaguetis al bogavante, que no recuerdo como se dice en italiano, aunque me lo repitió mil veces, pero están para morirse.




Me llevó por la isla, a sus órdenes, mi teniente, como vulgarmente se dice “como puta por rastrojo”, a toda carrera, parecía que el enemigo nos viniera persiguiendo de cerca.


Pero en un momento del segundo día, con agujetas por todo el cuerpo de tanto subir escalones a toda prisa, subir y bajar del coche alquilado y darle al botón de la cámara, que la moza me pidió una foto suya ante cada visión, siempre en la misma pose, alta la frente y firme el ademán… pues éso, que el segundo día yo ya no podía con tanta igualdad visiteril y me planté en Vía Roma, me senté en una terraza y pedí un vino rosso, rediez.


Entonces, la teniente me dijo: espera aquí, que voy a hacer una cosa.


Encantada, le contesté, pensando en que iba a ponerme a la labor de pensar que hacía yo viajando con una señora que no tenía ni idea de quien era Corto Maltés ni la quería tener, que no tiene nada que ver con Cerdeña pero la moza no hacía más que hablarme de su viaje por Malta con un militar inglés.


Me aposté frente a mi vino y a los que le siguieron pues la espera duró más de tres horas y así, en ese tiempo, mientras al fondo tenía como paisaje el mar Mediterráneo (uno de los tres mares que bañan la isla) descubrí, dándoles vueltas a los papeles que llevaba en el macuto, un nombre: Leonor de Arborea (1347-1404).


Ya escribiré más largo sobre ella, que merece la pena saber que ha habido mujeres así desde antiguo, aunque nunca nos hayan hablado de ellas. Por eso sólo ya merecía la pena el viaje (si pillo a alguno de mis profesores en la Facultad de Historia se van a enterar, que no me enseñaron nada que mereciera la pena).


También las flores, también los distintos colores del mar, las gentes.


La teniente, durante ese tiempo, había estando visitando unos grandes almacenes de cuatro plantas que había al lado y a los que me negué rotundamente a entrar. Un día de éstos volveré a Cerdeña y la recorreré despacio, se lo merece.

lunes, 11 de mayo de 2009

Músicos

A vueltas con los viajes, me ha dado por pensar que algunas veces llevamos al cuerpo a visitar lugares y nos vamos a otras tierras pertrechados de todo tipo de artilugios para captar las nuevas visiones, pero al cerrar la puerta de nuestro paisaje cotidiano nos dejamos el alma colgada en el perchero y nos olvidamos de ponerla en la mochila.

Paseamos una mirada vacía por otras geografías, conocemos otras gentes, charlamos, visitamos lugares y monumentos y, cuando regresamos, que todos los viajes tienen ida y vuelta, incluso el viaje con mayúsculas, el viaje del nacer-morir, nos damos cuenta de que la mirada del alma no estuvo con nosotros.

Esos viajes se pueden colocar en el baúl de los olvidos y dejarlos allí encerrados, parecen viajes inútiles, puedes hacerlo, claro que puedes, pero es posible que ellos intenten salir y que te hagan visitas mientras duermes.

Cuando sucede, creo que debe tener algún sentido y decido volver a viajarlos con el alma que ese día tenga puesta, aunque el viaje sea un viaje del revés pues él es el sujeto activo y mi cuerpo el que es viajado. Siempre me pareció un milagro la voz pasiva, no he llegado aún a averiguar la razón.

Entonces les abro la puerta y les permito que vuelvan a pasar ante los ojos abiertos y que revivan los colores, los olores, que se plasmen nuevamente los paisajes, que se oigan los sonidos, que el viaje que escondí se convierta en vida de "a diario".

Salió de su baúl esta noche un viaje que hice por Rumanía en 1986, lo aparté por triste, por gris, no quería quedarme con aquel lugar sin risas.

Mi personaje de entonces era una activa militante de izquierdas y aunque había recordado llevarme el alma en la maleta, no la saqué de su bolsa, temerosa y también irritada ante lo que me parecía un golpe brutal a mis creencias. Recuerdo haberles comentado a los compañeros a la vuelta "si esto es la revolución, yo me borro".

Por suerte aún conservo un viejo aparato para reproducir los discos de vinilo y se me ocurre amenizarme el desayuno con unos discos que me traje de aquel olvidado paseo, discos que tienen el triple de espesor que los que aquí se usaban en aquel tiempo. Suena un tal Radu Simion, dice la portada que es "un virtuoso de la flauta de Pan".

Con su música recupero algo hermoso, recupero mi sorpresa ante el hecho de que la miseria y la tristeza se convertían en arte cualquier noche, en cualquier esquina. Un país de músicos, de violinistas, acordeonistas, flautistas... gentes que me parecían sombras durante el día, al llegar la noche se reunían alrededor de una mesa en la que no había nada que comer, nada que beber y tocaban, cantaban, se transformaban de forma mágica y su música espantaba los miedos.


Aquel país del miedo, de los días ensombrecidos por el rumor de la estupidez humana suena hoy en mi casa y me sabe diferente, me sabe al reino de los violinistas. Los hombres tristes y oscuros se convierten en "hombres de los bosques, puro instinto, libres y orgullosos, saliendo de las jaulas para volver a sentirse herederos de la tierra".