lunes, 17 de mayo de 2010

Ella es así.

Aún era verano, pleno agosto, hacía calor cuando salí de Valencia, pero al llegar a mi tierra el cielo, tan azul y brillante durante todo el camino, se tornó negro y empezó a llover a cántaros.
Esa Asturias gris, nublada y lluviosa me recibía tal como es, sin hipocresía alguna, sin guardar las formas, avisándome de que su cielo no iba a iluminar mi paso por ella, de que encender luces y no sentir frío era solamente asunto mío.

Como siempre me sucede cuando regreso sentí una punzada, esa fiera emoción de miedo al miedo. Es la emoción que me provoca el retorno a lugares o a personas a los que debería pertenecer si, en algún momento y siguiendo un impulso contra el que no he querido batallar, no se me hubiera ocurrido convertirme en criatura errante. Como si todos los temores sentidos en cada partida se concentraran en esa primera mirada.
Aún era verano, pleno agosto, hacía calor cuando salí de Valencia, pero al llegar a mi tierra el cielo, tan azul y brillante durante todo el camino, se tornó negro y empezó a llover a cántaros.
Esa Asturias gris, nublada y lluviosa me recibía tal como es, sin hipocresía alguna, sin guardar las formas, avisándome de que su cielo no iba a iluminar mi paso por ella, de que encender luces y no sentir frío era solamente asunto mío.
Errante, nómada, siempre, en todo cuanto puedo. Deseaba sentirme ajena al pisar los lugares que habité tantos años, treinta y cuatro... conseguir mirar con mirada nueva, sorprenderme de la misma manera que me sorprendí cuando tomé aquel barco en el río Amazonas, cuando me paseé por Lago Agrio, cuando vi los matices anaranjados de las dunas al amanecer, cuando...
Como si la tierra hubiese leído mi pensamiento y pretendiera agarrarme con fuerza y no dejarme partir, me enseñó su cielo oscuro, su lluvia, su poderío, sus exigencias. Y me mostró su perfil más inhóspito y su viento frío me gritó que nunca, por más que corra, por más que me aleje, dejaré de ser su hija.



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