viernes, 25 de junio de 2010

Nain, en la provincia de Isfahan

Los restos de la antigua fortaleza, de época sasánida, te reciben cuando entras en Nain, desde allí te puedes embelesar un buen rato contemplando la ciudad y cuanto más te embeleses, mejor, porque la zona nueva te dejará muy mal sabor de boca, con sus cuatro sitios de comida rápida y sus hombres-anuncio, disfrazados como si de un parque de atracciones se tratara.

Nain, sin embargo, sabe a desierto, situada en el centro del país, alejada de las zonas montañosas que aportan el agua a las grandes ciudades, se va despoblando poco a poco
 Sentí tristeza al caminar por su mercado, una larga nave porticada en la que todas las ventanas estaban cerradas, apenas un par de sus viejos comerciantes continúan con ellas abiertas: un zapatero y un hornero.
Sentí tristeza al caminar por su mercado, una larga nave porticada en la que todas las ventanas estaban cerradas, apenas un par de sus viejos comerciantes continúan con ellas abiertas: un zapatero y un hornero.
A pesar de contar con una de las mezquitas más antiguas de Irán, del siglo VIII, con un solo alminar y un trabajo del yeso para perderse durante toda una semana descifrando lo escrito en los muros, de haber sido un centro de producción de alfombras de gran prestigio, ahora ya se cuentan con los dedos de una mano las casas que siguen trabajando allí ese oficio de mujeres y niños, de gentes de manos pequeñas, y, la ciudad, pierde población de manera continua.

Escandalosos muchachos iban y venían con sus motos y entendí la razón de la prohibición de motocicletas de más de 125, toda su ansia, toda su fuerza la tenían puesta en el ruido y las piruetas. Supongo que era una broma pero no me hizo gracia y alguno se llevó un buen “mochilazo”.
Después del paseo que no puedo dar por mal aprovechado porque topé con un vendedor de tabaco que me dijo que no existía ningún colectivo de mujeres que cultivaran tabaco en el Caspio, ni en todo Irán tampoco, y que me proveyó de todas las marcas existentes (con lo que dejé de ir preguntando la pregunta allá por donde iba), volví de nuevo a las afueras, a conversar un rato con ese trocito de desierto que se me aparecía de la misma forma en la que lo conocí por primera vez y a decirle que me sigue enamorando y emocionando cuando lo percibo cerca.

Luego, me dejé perder por las calles retorcidas y encontré un hammam, del que las mujeres que lo ocupaban me echaron a cajas destempladas, pero que también me alegró los ojos porque pude ver que no todas eran bellas y perfectas.
Y volví a buscar el silencio, la sombra y el aire fresco en el edificio de la mezquita más antigua de Irán y a soñar con que la pluralidad de voces, que en su día debieron alzarse desde esa tarima, volvían a escucharse.

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sábado, 19 de junio de 2010

Shiraz desde la madraza

Me sentía cómoda aquella tarde mientras paseaba por las callejuelas estrechas y polvorientas, silenciosas como un pueblo de Castilla a la hora de la siesta. No eran capaces de importunarme ni los recuerdos de lo perdido ayer ni la inquietud por lo que pudiera encontrar mañana.
-“No te sabes entera” me contestaba a la pregunta hecha un instante antes.
-“Y de mi es de lo que más sé” me volvía a replicar.
En esas andaba, cuando me di cuenta de que ese "saberme a medias" no era un pensamiento que me desagradara, aunque se me apoderó del alma, o lo que sea que no es el cuerpo, una emoción extraña, contradictoria, que resolví encendiendo un cigarrillo y dándome un abrazo, que, para eso, la madre naturaleza me ha dotado de una elasticidad envidiable.


Resuelta la discusión, entré en la madraza. Después de pegar la hebra un poco con el estudiante que me leyó unos párrafos del Corán (no sé de lo que iban pero le supe contestar con la frase que le quitó a su rostro la seriedad, algo semejante a lo que dicen en misa: “bendito y alabado sea el señor”)… me dejé invadir por el "no saberme", le hice sitio y le permití que se apoderara del cuerpo que por allí se andaba paseando. Y, vacía de todo, me dispuse a mirar.
Me embriagué con los jardines silenciosos, con las flores, con las tres o cuatro mujeres que reposaban en los bancos y que emanaban paz. Se me encendió la mirada ante las filigranas de los azulejos, los artesonados de los ventanales, los colores, la hechura del edificio. Arrinconé lo poco aprendido sobre geografía, sobre arte, sobre historia, sobre culturas y paseé, simplemente, paseé.

Hasta las pintadas de los estudiantes, en las paredes de las aulas, ahora vacías, me hablaban de amores, de los amores de muchachos que algún día serán, posiblemente, esos terribles mulahs, pero que, de momento , únicamente son eso, muchachos enamorados.



Trepé, con permiso del guarda, al terrado y, desde allí, se me ofreció una de las mejores vistas de la ciudad, de una zona antigua que pensé que, en su mayor parte, ha debido estar ahí, así, desde siempre, y, por fin, la Persia de Avicena me tocó el corazón.
Hasta me pareció escucharle dolerse por la desaparición del vino de Shiraz.

Empecé estas líneas con la idea de contar que Shiraz fue, en tiempos, capital de Persia, que está en la ladera de los montes Zagros, que es conocida como la ciudad del vino, la poesía, las luciérnagas, las rosas. También quería hablaros del gran poeta Saadi, pero mejor lo dejo para otro momento y así, de paso, quizás también podré contar algo de aquella noche feliz en su jardín.

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lunes, 14 de junio de 2010

La mesa de...

La pongo de lejos, para que no se vea la guarrería, pero... es que no tengo una mesa, tengo las tres que se ven ahí y otras tres detrás, por esas cosas raras de la vida.
El lugar desde que el que escribo, cuando no lo hago en el cuaderno (abajo hay otras... no sé cuantas) era en sus tiempos un "andar"(andana en valencià), utilizado para cultivar la seda. En la rehabilitación del caserón pusimos en él la biblioteca, abrimos nuevos balcones y le dimos salida a la plaza y la terraza, nada más que ochenta metros tiene, así que ¿qué hay en ella? Quien quiera que venga y busque, hasta colecciones de cromos antiguas hay, porque antes que yo, vivió aquí un pintor que era el que hacía los dibujos para los álbumes "Maga", libros, cachivaches… “titos” decía alguien muy querido.
¡Esto es un museo! dicen las amigas. Esto es un matapersonas, digo yo, pero en casi siete años de vivir aquí sola, me he convertido en una especie de "solterón perfecto", todo manga por hombro y bien revuelto, con tanta mesa puedo dejar papeles, apuntes y vajilla...desperdigado por encima y aún así... para encontrar el móvil, tengo que llamarme desde el fijo.
Lo siento, chicas, pero es a lo que llego, así y todo creo que da una idea ¿no? Vale, una de un poco más cerca, ahora recojo las tazas del desayuno y que conste que el whisky es para la noche...
Y, algo que nunca falta a mi lado: Nel, que se asoma para saludar.

domingo, 13 de junio de 2010

En el caravasar

Siempre me sucede, en cualquier viaje, aunque sepa que es un lugar al que no he de volver, aunque la compañía sea estupenda. En algún momento necesito parar, quedarme sola, detener la marcha.
Y así lo hice aquel día, sin el menor remordimiento por dejar de ver las maravillas que pudiera encontrar fuera del recinto.

El hotelito fue en tiempos un antiguo caravasar, caravanserai en parsi, que así llaman a los lugares en los que las antiguas caravanas hacían un descanso en su ruta, un albergue para animales, hombres y mercancías.
Normalmente, un recinto al que se accede por una inmensa puerta, con un patio interior abierto, alrededor del cual se construían pequeñas habitaciones para que los camelleros descansaran. Perdida ya su función, los cientos que aún se conservan se han reconvertido en hoteles o han sido engullidos por los bazares.
Recostada en uno de los divanes del patio que ahora es el restaurante, el sueño me amenaza seriamente. A mi lado se ha sentado un hombre que también dormita, de vez en cuando se le cae la cabeza, despierta y sonríe diciéndome algo, al final, termina por recostarse en el cojín cómodamente. Tiene otros veinte divanes a su disposición pero ha tenido que venir a este y no me queda otra que pelear contra mi sopor por miedo a dormirme y caerle encima. Las letras del libro resbalan ante mis ojos, lo cambio por el cuaderno, el cuaderno por la cámara. Y no quiero irme a otro diván porque desde aquí vigilo la puerta de la habitación que he tenido que dejar abierta porque mi compañero se ha llevado la llave.


Intento despejarme haciendo fotos, buscando entre los objetos que decoran el lugar algo que transporte mi pensamiento hacia las antiguas vidas que en otros siglos se vivieron aquí.
Un toldo cubre todo el patio y atenúa la luz en beneficio de la perpetua fotofobia de una hija de tierras de cielos grises.
¿Quién habrá mirado este lugar desde aquellla ventana?

Y cuando ya casi estoy decidida a irme a cabecear al cuarto…¡se terminó la paz que reinaba en el lugar!
Aparece una familia de españoles, papá, mamá y tres chicas jóvenes, también su guía persa, se sientan en la mesa de enfrente y parlotean sin cesar. Oigo al padre hablando por teléfono con quien parece ser su criada, pregunta si ha venido el jardinero y luego le pasa el teléfono a su mujer. Su conversación al más puro estilo de “hay que ver como está el servicio” me deja inmóvil y alerta en el diván. Para ir a mi cuarto he de pasar rozándoles, el papá cada vez cierra más el paso de mi escalera con su silla y la gana que tengo de conversar es exactamente: ninguna.

No se han dado cuenta de que el libro que traigo entre manos está en español, piensan que nadie entiende lo que dicen y me paso allí un buen rato, esperando a que se vayan o a que me descubran, enterándome, a la fuerza, de todos los modelitos que tendrán que tener a punto para la noche, junto con los complementos, por supuesto.
 
Pero mi compañero de cuarto regresa antes de lo previsto y en voz bien alta pronuncia las palabras mágicas:
-¿Has sido buena, Gloria? Me dice. La familia se pone tensa, luego saludan, amables, así que no me queda más remedio que saludarles también. Prefería pasar por extranjera.
-¡Qué sorpresa! Estábamos preguntándonos ... (ya lo sé, ya... ¿de dónde será esa mujer que se atreve a sentarse en un lugar público sin los obligados pantalones?).
Y como ya somos compadres, el padre comenta: esas botas al pie del sofá me estaban resultando extrañas, no combinan nada con el resto del conjunto.
- Ah! Le contesto, se me olvidó traer las madreñas.

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domingo, 6 de junio de 2010

La del plumero


Me miraba por el rabillo del ojo, trataba de disimular sacudiendo su velo pero estaba claro que mi atuendo no era el más adecuado para la mujer del plumero.
Bien me advirtió Gara Ala a la entrada: quítate esa flor Yanna, así me llamaba, se supone que es la traducción al persa de mi nombre.
-¿Quitarme la flor regalada por un bakhtiari? Ni lo sueñes, me pondré el chador, como mandan las mujeres negras, pero la flor no me la quito.
Hubo suerte en la Mezquita del Viernes de Yazd, el chador que te plantaban encima, a la entrada, aquellas guardianas de las buenas costumbres que rebauticé como “catequistas-cucaracha” no olía como los anteriores, tampoco era negro, era una especie de sábana rasposa de un color que en su día debió ser blanco y con pequeñas florecillas.
Pero se me caía continuamente, para evitarlo había que ocupar ambas manos en sujetarlo y de aquellas trazas no se podía hacer absolutamente nada.
Cuando me lo contaron pensé que se trataba de una broma, pero no, ahí estaba ella, con su plumero de colores, dando plumerazos a diestro y siniestro en cuanto alguna mujer enseñaba un mechón de pelo.

No tuve el honor de probar el plumerazo a pesar de que me esforcé y tampoco me fue posible conseguir de ella una foto medianamente clara. Debió de sentirse aludida por mi afán de buscársela y desapareció tras una puerta, con lo que pude dedicar el tiempo a hacer lo mismo que hacen todos en las mezquitas: descansar, relajarse, leer y, por supuesto, sujetar la sábana para no terminar arrastrándola por el suelo.


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martes, 1 de junio de 2010

Montes Elburz en Teherán

Hay cosas que nunca se olvidan y, ciertamente, no me olvido de la cara del Profesor de aquella asignatura de urbanismo cuando, repartiendo al azar lejanas ciudades, para el trabajo final, me dijo: Teherán, te ha tocado Teherán.
Sin ordenadores, que aún faltaban unos años para que apareciera el tío google, horas y horas repasando fichas, buscando en aquellos archivos de la biblioteca, apenas localicé cinco o seis obras y, por supuesto, todas escritas en “extranjero”.

Y de aquel trabajo es de donde deriva la imagen que yo tenía de Teherán, una ciudad en la que las clases sociales se van asentando más o menos cerca del monte, subiendo su ladera a medida que aumenta su capacidad económica, buscando un aire más puro y más fresco.
Así pues, hacer el recorrido hacia los montes Elburz era de obligado cumplimiento.
Ni metro ni autobuses llegan hasta la base y el vehículo más adecuado era el taxi verde, exclusivo para mujeres y conducido solamente por mujeres, un trayecto de más de una hora que cuesta unos tres euros al cambio.

Tal y como recordaba de mi estudio, poco a poco, la trama urbana se hace menos densa y van asomando primero los edificios altos, luego los rascacielos, aunque de altura limitada a causa del elevado riesgo de movimientos sísmicos de la zona. Desde el galimatías de autopistas, por doquier, te abofetean las gigantescas pintadas en las fachadas para honor y gloria del régimen.
Más arriba, urbanizaciones de lujo, comercios de todo tipo de productos caros y hasta los chadores negros de las mujeres llegan a parecer elegantes.

Después, contemplo horrorizada la metamorfosis de las antiguas viviendas de los privilegiados en tiempos del Sha, en chiringuitos, restaurantes y cafés, como si de un Marbella de montaña se tratara.

Me recibe El Montañero, imposible de fotografiar sin extras, hay mucha afición en Irán a la montaña, cerca de las grandes ciudades siempre hay alguna cumbre que conquistar puesto que los centros urbanos de importancia se asientan, en este país, al abrigo de los montes: Zagros y Elburz, debido a la falta de agua del resto del territorio. Aquí, en Elburz, están, además, las mejores estaciones de esquí del país.

Se camina por un angosto valle que avanza haciendo eses a un lado y otro de las torrenteras de potente caudal que van regalándote cascadas aquí y allá para salvar los desniveles.

Te cruzas en la subida con grupos de jóvenes que no pueden disimular que no vienen precisamente de tomar agua fresca.
Me complace comprobar que los jóvenes, con su música y sus costumbres, prohibidas e ilegales, están también en el monte además de en los subterráneos y en los escasamente iluminados cafés de los artistas.

La vista de las tiendas de frutos, con sus colores brillantes, todo un lujo de color, te incita a probar, sin embargo, el chasco es tremendo, no saben a fruta, más bien a algo parecido a gominolas en vinagre.
 
Un paisaje de ensueño tan solo si miras muy por encima, en cuanto dejas de prestar atención al canto del agua, a los colores de las alfombras de las terrazas de los restaurantes y a los llamativos bodegones de frutos que se ofrecen al visitante aquí y allá, lo que realmente te impresiona es la suciedad, como si cien fábricas de los más variados artefactos hubieran ido a tirar allí toda su basura.

 
Por encima del elevador que no descubro hasta llegar al punto donde termina, sólo se avista alguna gran casa aislada, empieza el tramo de alta montaña y toca dar media vuelta, la tormenta de la tarde me avisa de que es la hora de desandar el camino.

 Hay que regresar al centro porque esta noche, un recién conocido iraní, Ashkan el cinéfilo, ha prometido que invitará a orujo casero y clandestino en el café de los artistas de Teherán y no me lo perderé por nada del mundo.

 

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jueves, 27 de mayo de 2010

Viajar en el tiempo



Es el guardián de las torres del silencio de Yazd, siempre con su burro blanco y su chaqueta que nos indica cual es su religión: el bolsillo grande, del lado del corazón, para guardar lo mejor y el Kusti, el cinturón de lanas de colores, anudado a la cintura. El borriquito, también viejo, es su tercer compañero y ya tiene reemplazo, por allí andaba el nuevo, trotando y coceando, obligando al guardián a correr tras él. Trabajar durante la vida de cuatro burros es mucho trabajar.
Si el abuelo tendrá sucesor o no es una incógnita. Por el momento, las pequeñas comunidades zoroástricas son un reclamo para el incipiente turismo pero, como siempre, si el número de visitas aumenta, puede que este pequeño centro se convierta en un lugar como Persépolis, con cientos de vigilantes y de verjas y, entonces, el abuelo y su burro se quedarán al margen.

Son agricultores de un campo de pistachos cerca de los Montes Zagros. Desde la tierra arenosa parece que se pudieran tocar los montes de esta difícil región, frontera con Irak, aún nevados en las cumbres de más de cuatro mil metros.
Trabajan tierras ajenas, como tantos, en tantos sitios, se turnan para el cuidado y el riego, importantísimo en primavera, riegan a manta, y levantan, sobre la marcha, las compuertas para dirigir el agua, su maquinaria agrícola: la azada y la pala.
Sus ropas me recuerdan las de los mineros de mi pueblo, en los años sesenta, sus vehículos me transportan a la década siguiente porque, en los sesenta, los mineros asturianos solamente disponían de una bicicleta y, que yo recuerde, a ninguno se le ocurrió la idea de ponerle alforjas.
Una mezcla de recuerdos de infancia y de algunas imágenes vistas... ¿Dónde? Puede que en alguna película italiana.

El es fabricante de escobas en Isfahan. Las fabrica y las vende. Se pasa el día sentado en su estera, ajeno al mundo global y, diría más, al pequeño mundo que le rodea.
Fuma su cigarrillo, por eso es por lo que llama mi atención, son raros los fumadores de cigarrillos en Irán. Un pequeño trozo de acera le sirve para instalar su fábrica de escobas multicolores que le aporta lo suficiente para vivir así, como siempre ha vivido y como quiere seguir viviendo. No te molestes en darle unos "Jomeinis" ni rojos, ni verdes, ni azules, no los aceptará y tampoco aceptará propina por la escoba que le compres.

 
Y al volver la esquina, con mi escoba en la mano, cuando me disponía a entrar en el Palacio de Ali Qapu, como si hubiera dado un salto en el tiempo, aparecen un par de estudiantes de Teherán haciendo turismo y visitando las espectaculares construcciones de la gran plaza de Naghsh-i Jahan.
Tanto podrían ser iraníes como de cualquier otro lugar, su peinado, sus ropas, en nada los diferencian de cualquier otro joven occidental.
El culto al cuerpo ... enseguida llama la atención la coquetería del hombre, más que la de la mujer que, ciertamente, suele llevar bastante maquillaje.
¿Metro sexual se dice? Pues algo así, en cualquier ciudad, cientos y cientos de muchachos metro sexuales provocando, decíamos riéndonos: aunque, la verdad, a mi me provocaba mucho más mi Alfredo Landa del zurkhane... rarezas.
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domingo, 23 de mayo de 2010

El Zurkhane de Yazd

Era imposible resistirse ante este letrero-anuncio de que allí, en aquella estrecha calle, se encontraba el "zurkhane" (casa de fuerza). Además, el sol primaveral pero ya castigador, invitaba a guarecerse.
Una vez dentro, encuentras un lugar, casi en penumbra, con una especie de foso, en el que hombres mayores, jóvenes y niños, están haciendo ejercicios. Las paredes están cubiertas de fotos o dibujos de hombretones tipo Tarzán.
 

Me cuentan que esta especie de gimnasio tiene una larga historia, anterior incluso a la invasión árabe (primera mitad del s. VII). Un rey, capitán o vaya usted a saber, en un momento en el que Persia perdía una batalla tras otra contra sus enemigos, decidió que era importante el prepararse física y espiritualmente para las batallas, hacer fuerte el cuerpo practicando duros ejercicios y alimentar el espíritu con valores elevados y trascendentes para superar con ello el armamento más sofisticado del atacante.

Unas extrañas y pesadísimas tablas-escudos, mazas, artilugios metálicos que, además del peso tienen otros peligros, son movidos a un ritmo vertiginoso por los hombres que se esmeran en hacer una sesión especial para la visita.
Suena con fuerza el tambor-como-se-llame y, por si no fuera suficiente: micrófono y muchos decibelios para el tamborilero. El maestro dice algo y todos contestan, son oraciones y menciones al profeta Alí y resto de parientes.

Casi sin darte cuenta, te encuentras también salmodiando palabras que no entiendes, metida por completo en el ambiente.
Es una cosa que no dejó de sorprenderme: el afán por explicarte, hablando de profetas, quién es familia de quién, argumento irrefutable para ellos a la hora de saber cual es la rama religiosa auténtica, cosas del pedigrí, me parecían. Y yo, descreída mujer, pensaba todo el rato que unas pruebas de ADN podían resolver algún que otro conflicto religioso generado a raíz de si "yo soy más de Mahoma que tú", pero de eso ya hablaré en otro momento.
A pesar del ruido atronador, de los rezos y de la fe que le ponían hombres y niños, mi vista se fijaba continuamente en el hombre de la izquierda: "mi Alfredo Landa iraní"
Yo diría que ya tenía los setenta cumplidos pero el resto de "mazas" no podían con él, además… ¡estaba tan gracioso con el atuendo! Inmensa ternura.
Los pequeños, con los ojos abiertos como platos, seguían a los adultos y, cuando podían, amenizaban con piruetas y danzas los intermedios en los cambios de instrumentos para los ejercicios.
El más chiquitín tenía un pequeño problemilla con el pantalón y sufrió lo suyo para defender su arte. Difícil arte.




Pude levantar una de aquellas mazas con los dos brazos y voltearla por encima de mi cabeza una sola vez, pero, en cuanto me pusieron una en cada mano no fui capaz de levantarlas hasta los hombros, sentí que me partía en dos. Pesaban, me dijeron, cuarenta kilos cada una y, ellos, las movían como si de pañuelos de seda se tratara.

Terminada la sesión, que se alargó más de dos horas, volví a la luz hermosa de la tarde y me fijé en los vehículos de los gimnastas y sus alforjas, pensé: gimnasio y moto, igual que allí.



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lunes, 17 de mayo de 2010

Ella es así.

Aún era verano, pleno agosto, hacía calor cuando salí de Valencia, pero al llegar a mi tierra el cielo, tan azul y brillante durante todo el camino, se tornó negro y empezó a llover a cántaros.
Esa Asturias gris, nublada y lluviosa me recibía tal como es, sin hipocresía alguna, sin guardar las formas, avisándome de que su cielo no iba a iluminar mi paso por ella, de que encender luces y no sentir frío era solamente asunto mío.

Como siempre me sucede cuando regreso sentí una punzada, esa fiera emoción de miedo al miedo. Es la emoción que me provoca el retorno a lugares o a personas a los que debería pertenecer si, en algún momento y siguiendo un impulso contra el que no he querido batallar, no se me hubiera ocurrido convertirme en criatura errante. Como si todos los temores sentidos en cada partida se concentraran en esa primera mirada.
Aún era verano, pleno agosto, hacía calor cuando salí de Valencia, pero al llegar a mi tierra el cielo, tan azul y brillante durante todo el camino, se tornó negro y empezó a llover a cántaros.
Esa Asturias gris, nublada y lluviosa me recibía tal como es, sin hipocresía alguna, sin guardar las formas, avisándome de que su cielo no iba a iluminar mi paso por ella, de que encender luces y no sentir frío era solamente asunto mío.
Errante, nómada, siempre, en todo cuanto puedo. Deseaba sentirme ajena al pisar los lugares que habité tantos años, treinta y cuatro... conseguir mirar con mirada nueva, sorprenderme de la misma manera que me sorprendí cuando tomé aquel barco en el río Amazonas, cuando me paseé por Lago Agrio, cuando vi los matices anaranjados de las dunas al amanecer, cuando...
Como si la tierra hubiese leído mi pensamiento y pretendiera agarrarme con fuerza y no dejarme partir, me enseñó su cielo oscuro, su lluvia, su poderío, sus exigencias. Y me mostró su perfil más inhóspito y su viento frío me gritó que nunca, por más que corra, por más que me aleje, dejaré de ser su hija.



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domingo, 9 de mayo de 2010

En un mercado persa





Lo primero que me llama la atención en cualquiera de los mercados-bazares persas es que nadie te insiste para que compres, nadie te persigue, como mucho te hacen un gesto con la mano para que pases y mires si quieres.

Buscando alguna cosilla en una cestería, tratando de entenderme con el vendedor, un anciano que sólo hablaba parsi y que se debía estar haciendo cruces... o medias lunas con mi dificultad para contar los riales -jomeini azul, jomeini rojo, jomeini verde, les llamaba yo a los billetes y me volvía tarumba con tanto millón en la bolsa-, desde la tienda de al lado, vino una muchacha y en un perfecto español dijo: "si necesitas cualquier cosa me lo dices, hablo tu lengua, él no entiende nada de lo que le cuentas".
Se regatea en el bazar, si, pero poco, si ofertas un precio descaradamente bajo, hacen un mohín y dejan el juego.



Colores y olores, todos los conocidos y alguno más, almendras verdes, ciruelas de mil clases, pistachos, dátiles, legumbres, especias... formando composiciones armoniosas. Puedes probarlo todo, el vendedor tratará de explicarte que es lo que estás comiendo pero no insistirá en vender. Nadie grita en el bazar.

No me olvidé de ella, de la niña que fui, en el mercado persa, bien al contrario, la llevaba de la mano todo el rato.
Una niña de diez años que fue a parar a un internado de la capital porque la maestra del pueblo se empeñó en que “esta niña tiene que hacer el bachillerato". La mujer, doña Marcelina se llamaba, se quedó durante todo el año sin comer, se hacía un bocadillo mientras me preparaba, al mediodía, para hacer el examen de ingreso y la beca… bueno, creo que yo tampoco comía, pero de eso no me acuerdo.

Aprobé el examen, me dieron la beca y me fui interna, aunque mi gozo duró solamente un curso, la beca no era suficiente para pagar todos los gastos y, a pesar de las buenas notas, hube de volver a la escuela del pueblo, no había ningún instituto todavía cerca.
Creo que fue la primera vez que me dolió la pobreza.
Y me hubiera gustado poder decirle a aquella señora gris y tiesa, profesora de gimnasia en el internado, que no me dejó participar en la danza de Ketelbey (esta misma que he puesto de fondo musical) en el festival de fin de curso, porque no tenía dinero para agenciarme el disfraz: ¡Chúpate esa! La bailo en la mismísima Persia.


La poesía, la miniatura, la alfombra... son los regalos que Persia le ha dado al mundo, es lo que el señor Ferdusi le dice a Kapuscinski cuando, para levantar su ánimo, va a visitarle y a mí, el mercado persa, me regaló el sacarme aquella espinita que se me clavó cuando, aquella señora, me dijo… "vete, este no es lugar para ti, si no tienes el traje no me molestaré en enseñarte el baile".
Y me parecía escuchar a doña Marcelina, secándose las lágrimas que le saltaron cuando me vio regresar a la escuela el siguiente curso y diciendo "¿Ves cómo tenía razón?"
¡Va por ti, maestra! Fuiste un empujón muy importante.

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